Mi primer Mundial: un viaje que comenzó sin hospedaje y terminó en el corazón
Por Fernando Castaño Rojas
Hay viajes que se planean durante meses y salen exactamente como uno los imaginó. Y hay otros que, aunque comienzan llenos de incertidumbre, terminan convirtiéndose en historias que uno recuerda para toda la vida.
Mi viaje a Estados Unidos para vivir mi primer Mundial de Fútbol pertenece, sin duda, a la segunda categoría.
Llegar a Miami fue apenas el comienzo de una aventura que jamás olvidaré. Cuando pisé territorio estadounidense no tenía siquiera dónde quedarme. La incertidumbre era grande, pero apareció una de esas personas que la vida pone en el camino en el momento justo: un amigo que logró conseguirme un hospedaje. Y para mi sorpresa, no me cobraron absolutamente nada.
En ese momento entendí que un Mundial no solamente se vive en los estadios. También se vive en la solidaridad de las personas, en los amigos que aparecen cuando más se necesitan y en esos pequeños milagros que terminan haciendo grande una experiencia.
Después vendría uno de los trayectos más particulares de este viaje: 21 horas por carretera desde Miami hasta Kansas en una van, compartiendo el camino, cansancio, conversaciones y expectativas. Veintiuna horas que, lejos de ser solamente un recorrido, terminaron siendo parte de la historia que hoy puedo contar.
Estados Unidos también me regaló la oportunidad de conocer grandes colegas, periodistas y profesionales que comparten conmigo la pasión por el fútbol y por contar historias alrededor de este deporte. Encontrarme con ellos, intercambiar experiencias y compartir momentos en medio de un Mundial fue, sin duda, uno de los grandes aprendizajes de esta aventura.
También conocí lugares maravillosos y tuve la oportunidad de viajar en tren, una experiencia que hizo todavía más especial este recorrido. Cada ciudad, cada trayecto y cada paisaje fueron sumando recuerdos a una historia que poco a poco se convirtió en algo mucho más grande que un viaje de trabajo.
Hubo incluso momentos en los que tuve que buscar la manera de salir adelante por mis propios medios. Mientras esperaba el regreso de la Selección Colombia a Kansas, tuve la oportunidad de trabajar en un hotel. Y lejos de verlo como una dificultad, lo asumí como una experiencia enriquecedora. Porque viajar también significa aprender a adaptarse, trabajar, luchar y entender que ningún esfuerzo es pequeño cuando se persigue un sueño.
Y, por supuesto, estuvieron los Fan Festival de la FIFA, espacios donde el fútbol se siente de una manera completamente diferente. Allí entendí que el Mundial no pertenece únicamente a los jugadores que están en la cancha. También pertenece a los aficionados, a las familias, a los periodistas, a los trabajadores, a los voluntarios y a todas esas personas que hacen posible que una Copa del Mundo sea una verdadera fiesta global.
Este viaje también tuvo su cuota de anécdotas. En esta, mi cuarta visita a Estados Unidos, puedo decir con absoluta sinceridad que nunca me había perdido tantas veces. Más de cuatro veces terminé buscando caminos, ubicaciones y direcciones. Pero hoy, cuando recuerdo esos momentos, hasta perderme me causa una sonrisa.
Porque a veces perderse también es una forma de encontrarse.
Y entre carreteras, trenes, hoteles, estadios, Fan Fest, colegas, nuevas amistades y muchas horas de camino, finalmente

comprendí que el verdadero significado de este viaje no estaba solamente en haber llegado a Estados Unidos para cubrir un Mundial.
Estaba en haber cumplido un sueño.
Durante muchos años imaginé cómo sería vivir una Copa del Mundo. Como periodista deportivo, uno puede cubrir partidos, torneos, eliminatorias y grandes acontecimientos, pero un Mundial es diferente. Tiene una magia especial. Es encontrarse con aficionados de diferentes países, escuchar distintos idiomas, ver camisetas de todas las selecciones y sentir que durante unas semanas el fútbol consigue unir al mundo.
Hoy puedo decir con orgullo que viví mi primer Mundial.
Y si algo me dejó esta experiencia fue la certeza de que los sueños no siempre llegan por el camino que uno espera. A veces comienzan sin tener dónde dormir, continúan con 21 horas en una van, incluyen perderse varias veces, trabajar en un hotel, viajar en tren y encontrar personas maravillosas en el camino.
Pero cuando se tiene fe, perseverancia y ganas de salir adelante, cada dificultad termina convirtiéndose en parte de la historia.
Le doy gracias a Dios por haberme permitido vivir esta experiencia inolvidable. Gracias por cada puerta que se abrió, por cada persona que me tendió la mano, por cada colega que conocí, por cada lugar que descubrí y por cada momento que hoy guardo en mi memoria.
Este fue mi primer Mundial, pero seguramente no será el último sueño que me atreva a perseguir.
Porque después de vivir una experiencia así, uno entiende que los sueños sí se cumplen.
A veces comienzan sin saber dónde vas a dormir, pero terminan llevándote exactamente al lugar donde siempre soñaste estar.
Y ese lugar, para mí, fue un Mundial de Fútbol.















